CHISME, SOCIEDAD, EVOLUCIÓN Y REDES SOCIALES.
- Luis Edgardo Valderrama

- 4 ene 2025
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En el siempre cambiante mundo de la comunicación humana, el chisme emerge como un fenómeno sorprendentemente poderoso y multifacético. Aunque a menudo se percibe como una práctica socialmente perjudicial, al examinarlo desde una perspectiva más amplia, descubrimos que el chisme (bien manejado) cumple una función esencial en nuestra evolución como especie y en la cohesión de nuestras comunidades.
En el ámbito del coaching y el desarrollo personal, entender cómo el lenguaje y las creencias compartidas han moldeado nuestra evolución es fundamental para facilitar un cambio de consciencia. La capacidad humana para crear y operar dentro de sistemas simbólicos nos ha permitido formar vínculos más allá de los grupos familiares inmediatos, lo que representa una ventaja evolutiva significativa.
El lenguaje no solo nos ha permitido comunicarnos, sino que ha sido la herramienta clave para la construcción de identidades colectivas y la cohesión social. Este fenómeno, como bien destaca el israelí Yuval Noah Harari, es visible en la manera en que las personas se agrupan bajo banderas comunes, ya sea una religión, una nación, una marca o incluso un equipo deportivo. Estos símbolos y narrativas compartidas fomentan la confianza y la colaboración en grupos más amplios.
Desde la perspectiva del coaching, es crucial reconocer la influencia de estos sistemas de creencias en el comportamiento humano. El Master Coach puede utilizar este conocimiento para ayudar a individuos y organizaciones a identificar y redefinir las narrativas que guían sus acciones y decisiones como en el área laboral. Al hacerlo, se puede fomentar una transformación auténtica que no solo beneficia al individuo, sino que también tiene el potencial de impactar positivamente a la comunidad o al grupo al que pertenece.
Ahora bien, desde una perspectiva antropológica y psicológica, el chisme puede considerarse una herramienta evolutiva que ha permitido a los seres humanos establecer vínculos y alianzas más allá de los círculos íntimos. En su obra "Grooming, Gossip, and the Evolution of Language", Robin Dunbar argumenta que el chisme es el equivalente lingüístico de las interacciones sociales que observamos en nuestros parientes primates, como el acicalamiento entre chimpancés.
Los chimpancés constituyen “familias” de hasta 55 ejemplares y dedican el 20% de su tiempo a interacciones sociales, sobre todo táctiles y en pareja. Básicamente se dedican a quitarse los piojos y pulgas, esta actividad los calma y les da sentido de identidad como clan. Esta actividad no solo fortalece los lazos sociales, sino que también proporciona un espacio para el intercambio de información crítica sobre el comportamiento y las intenciones de los miembros del grupo.
Esto me lleva a pensar y recordar cómo nuestras familias eran más cercanas y unidas en tiempo pasado, como por ejemplo, viendo todos reunidos, el único televisor que había en casa, así como los padres que revisaban las tareas de los hijos, o los abrazos, caricias familiares y otras “prácticas” que han caído en desuso y que generaban hormonas de la felicidad, como endorfina, dopamina u oxitocina.
En este contexto, el chisme se convierte en un catalizador de la cohesión social, una amalgama que refuerza la confianza y define la estructura de las sociedades humanas. Lejos de ser una mera desviación de la buena conducta social, el chisme es una manifestación de nuestra capacidad de crear narrativas compartidas, una habilidad que ha sido fundamental para la supervivencia y el progreso humano.
Sin embargo, en la era digital, el chisme ha evolucionado, transformándose en una poderosa herramienta de comunicación que trasciende las fronteras tradicionales. Las redes sociales y el Big Data han amplificado su alcance, permitiendo que las historias, rumores e imágenes cuidadosamente curadas (maquilladas) se diseminen a una velocidad sin precedentes. Mientras construimos y compartimos estas narrativas, inevitablemente entregamos fragmentos de nuestra privacidad a las grandes corporaciones tecnológicas, que almacenan y analizan nuestra verdadera identidad en vastas nubes de datos. (Espero estés consciente de ello)
Este fenómeno plantea importantes preguntas sobre la naturaleza de la autenticidad y la privacidad en la sociedad moderna. Al igual que el retrato de Dorian Gray, la imagen que proyectamos en el mundo digital puede ser una ilusión cuidadosamente mantenida, diseñada para distraer y fascinar a quienes nos rodean, es decir un chisme o distorsión de la realidad, aunque para ello le hayamos dejado nuestra privacidad en manos de las empresas de redes sociales y otras más, que almacenan nuestra data personal partiendo de apps que descargamos de Inteligencia Artifical para retoques y mejoras de nuestros selfies.
En última instancia, el chisme no es solo una forma de entretenimiento o un simple pasatiempo. Es una poderosa herramienta de conexión social, que pasó del acicalamiento homínido y de interacción social al acercamiento por medio de la comunicación, una fuerza que nos invita a cuestionar el mundo que habitamos y a reflexionar sobre las narrativas que nos definen. Al hacerlo, nos enfrentamos al desafío de discernir entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la mentira, entre hacer la descripción correcta del hecho o la distorsión para desacreditar a alguien, y de decidir qué historias elegimos contar y creer.
Luis Edgardo Valderrama
Consultor y Mentor
Coach Ontológico
Master Coach
Neurogastrónomo




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